Portrait of the Jesuit Jan Berchmans

Hoy, 26 de noviembre, la Iglesia celebra a San Juan Berchmans, santo jesuita nacido en 1599, en Bélgica. Juan Berchmans forma parte, junto con San Estanislao Kostka (1550-1568) y San Luis Gonzaga (1568-1591), del grupo de jóvenes santos que influenció de manera determinante en la lo que se conoce como espiritualidad jesuítica juvenil.

Juan nació en el seno de una familia sencilla. Su padre trabajaba como zapatero y su madre se dedicaba a los quehaceres del hogar en la medida en que las fuerzas se lo permitían, dado que tenía una salud muy precaria. El pequeño Juan se encargaba en consecuencia de cuidar a sus hermanos menores y de ayudar a su mamá. A los 10 años consiguió su primer empleo, gracias a la ayuda de un sacerdote amigo, con el que contribuía a aligerar los gastos familiares.

Más tarde se trasladó a Malinas, donde encontró trabajo como preceptor de niños, empleado por un canónico. Pronto se abriría en la ciudad un colegio jesuita, lo que lo entusiasmó muchísimo. Decidido, Berchmans se presentó y fue aceptado como alumno.

En la escuela, Juan quedó impresionado con la espiritualidad jesuita y comenzó a considerar hacerse un hijo de San Ignacio en el futuro. Sus maestros lo veían con aprecio porque se desempeñaba muy bien académicamente y era querido por sus compañeros. Y aunque a su padre no le agradó que se hiciera jesuita -al inicio se opuso rotundamente a tal consideración- le impresionó la determinación de su hijo y respetó su decisión.

Jesuita

Estando ya en el noviciado de la Compañía, Juan recibió la noticia de que su madre estaba agonizando. Lamentablemente, aunque quiso, Juan no pudo regresar a casa. Una hermosa carta, llena de consuelo espiritual, llegó a manos de su padre. Era Juan, expresando de manera notable su esperanza en Dios en medio de aquella dolorosa circunstancia y la seguridad que tenía en sus promesas. Aquella carta ayudó muchísimo a que su padre entendiera que la vocación de su hijo iba en serio.

En 1618, Juan Berchmans fue enviado a la Ciudad Eterna, al Colegio Romano de los jesuitas. Allí volvió a destacar por su amor al estudio y compañerismo. Poseía una habilidad especial para los idiomas y llegó a dominar el inglés, el francés, el alemán, el flamenco, el italiano, el latín y el griego.

En el seminario a Juan lo llamaban “el hermano alegre” porque casi todo el tiempo estaba con la sonrisa en el rostro; era amable, jovial y atento con todos. Algunos decían que les bastaba su presencia para ponerse contentos. Estas cosas no dejaban de ser llamativas puesto que Juan admitía con humildad cuánto le costaba vivir con personas tan distintas a él.

Piedad filial

Cuánto bien le brotaba del corazón, Juan lo atribuía a la Madre de Dios. Tenía una tierna devoción por Ella. Estaba convencido de la centralidad que Ella tiene en la salvación de cada persona. Juan solía decir con un finísimo sentido del humor: “si logro amar a María, tengo segura mi salvación; perseveraré en la vida religiosa, alcanzaré cuanto quisiere; en una palabra, seré todopoderoso”. Sin duda, estas palabras no constituían un exceso verbal. Era Juan, tan agradecido con la Virgen, que de alguna manera parafraseaba a San Agustín con su “ama y haz lo que quieras”. Todos los días se repetía: “quiero amar a María”. Así, el Padre Juan Berchman hizo una solemne promesa a nuestra Madre: “afirmar y defender dondequiera la Inmaculada Concepción de la Virgen María”.

Entrega definitiva

Un día, luego de un certamen en el seminario, Juan tuvo que ser ingresado a la enfermería por unos dolores de cabeza. Su superior ya se había percatado meses antes de estos malestares y de su cansancio crónico, pero casi nadie lo había tomado como un síntoma grave debido a que Berchmans siempre estaba atento a servir y realizar sus deberes.

Su salud fue decayendo bruscamente hasta que partió a la Casa del Padre el 13 de agosto de 1621, en palabras de sus amigos, como consecuencia de un “total agotamiento”. Es muy probable que haya padecido una afección pulmonar. Cuando murió tenía solo 20 años.

Fue beatificado en 1865 por el Beato Pío IX y canonizado en 1888 por el Papa León XIII. Su fiesta se celebra cada 26 de noviembre.

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